
Durante largos meses, el aparato comunicacional del Gobierno intentó instalar la idea de que el kirchnerismo odiaba a la Selección Argentina y a Lionel Messi. Este relato artificial, construido para monopolizar el afecto popular, nunca logró imponerse en la sociedad. La política, tal como advertía Nicolás Maquiavelo, suele tropezar cuando intenta expropiar los sentimientos más genuinos de un pueblo. Un simple partido de fútbol frente a Inglaterra bastó para dinamitar esta estrategia discursiva, devolviendo a la superficie una verdad histórica ineludible que ningún gobierno puede borrar del mapa afectivo.
El encuentro reactivó de inmediato un triángulo simbólico inquebrantable para la memoria colectiva: las Islas Malvinas, Diego Maradona y Lionel Messi. Frente a esta carga identitaria, como señalaba Eduardo Galeano al describir el fútbol como el espejo de un país, el oficialismo quedó del lado equivocado de la historia. Días antes, la ministra Alejandra Monteoliva reveló una insólita coordinación con el FBI para impedir que los hinchas exhibieran banderas con la consigna “Las Malvinas son argentinas”, por considerarla “contenido político”. Una explicación insólita para un país que sostiene de manera permanente e innegociable el reclamo histórico de soberanía sobre las islas.
Este control policial en el extranjero reavivó un debate sumamente incómodo para la Casa Rosada: la explícita admiración que Javier Milei manifiesta hacia Margaret Thatcher, primera ministra británica durante la Guerra de Malvinas y responsable política del hundimiento del ARA General Belgrano, donde murieron 323 argentinos. La victoria final por 2 a 1 frente a Inglaterra terminó con una imagen imborrable que dio la vuelta al mundo: los jugadores levantando una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”. Este gesto, cargado de dignidad, emocionó a millones de compatriotas y volvió a poner en primer plano un reclamo histórico de soberanía.
La reacción en la cima del poder fue colérica. Incapaz de procesar el desafío, el Presidente descalificó a los deportistas sin nombrarlos, afirmando que no había que caer en “slogans berretas, populistas y nacionalistas rancios”, calificándolos de seres “intrascendentes”. El filósofo Elias Canetti explicaba que los líderes suelen experimentar zozobra cuando un símbolo se escapa a su control. Mientras el mandatario intentaba minimizar el episodio, el mundo entero hablaba del reclamo argentino.
Sin embargo, el verdadero catalizador del malhumor presidencial provino de las declaraciones de Lionel Messi, quien describió descarnadamente el presente del país al afirmar: “Los Mundiales son especiales y nos olvidamos de todo lo mal que nos toca pasar: hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo o no llega a fin de mes, que la vive peleando”. Como bien apuntaba Albert Camus, la honestidad intelectual consiste en llamar a las cosas por su nombre. Al enunciar la realidad con naturalidad, Messi perforó el relato de una Argentina que supuestamente ya salió adelante.
Según trascendió, Milei consumió gran parte del día descargando su bronca contra el capitán, el plantel y Claudio “Chiqui” Tapia, a quien responsabilizaba por su supuesta cercanía con el peronismo. A esta frustración simbólica se sumó un duro revés en el plano institucional: el estrepitoso fracaso en el Senado del intento oficial de avanzar con la modificación de la ley sobre la compra de tierras por parte de extranjeros.
Este cóctel de reveses detonó unas horas más tarde durante la disertación del mandatario en la Bolsa de Comercio. Ante la intervención de un empresario de más de 80 años, el Presidente volvió a perder los estribos en público. A los gritos, Milei insultó al asistente, tratándolo de “kuka” y sugiriéndole de manera violenta que se fuera a vivir a Cuba. Incluso, desde Presidencia se intentó que el hombre fuera retirado del salón por la fuerza, una orden que las autoridades de la Bolsa rechazaron de forma unánime porque se trataba de un antiguo socio que no había faltado el respeto a nadie.
Al concluir la jornada, el ingeniero Castellanos resumió el malestar latente que atraviesa a vastos sectores de la sociedad civil. Al cuestionar públicamente el aumento de la pobreza, el cierre de fábricas y la pérdida constante de puestos de trabajo, la realidad económica se impuso sobre la ficción discursiva. Como solía advertir Jorge Luis Borges, la prepotencia suele ser la máscara de la debilidad. El Gobierno tropieza reiteradamente en su maldita costumbre de no saber elegir a sus rivales políticos, combatiendo ídolos populares mientras la cruda realidad de quienes no llegan a fin de mes sigue tocando a las puertas del poder.
Por: Dr. César Jofré
