domingo 28 de junio de 2026 - Edición Nº2202

Locales | 28 jun 2026

EDITORIAL

Hasta el próximo pen drive

09:52 |​La caída del vocero que confundió la comunicación con el monólogo y la gestión con la puesta en escena.


 

​La renuncia de Manuel Adorni no es una sorpresa, sino la confirmación de un desenlace que se gestó desde el primer día. Como en la magistral obra de Gabriel García Márquez, su salida era una «crónica de una muerte anunciada». El vocero presidencial, que convirtió la sala de conferencias de la Casa Rosada en un púlpito de soberbia, terminó siendo víctima de su propia lógica: aquella que dictaba que la comunicación gubernamental no era un puente hacia la ciudadanía, sino una trinchera para hostigar al adversario.

​El paso de Adorni por el Ejecutivo deja un saldo amargo para la tradición democrática argentina. Su estilo no fue un accidente, fue un método. Desde que asumió, instauró una dinámica de selección arbitraria, decidiendo quirúrgicamente qué periodista tenía «derecho» a preguntar y cuál debía ser silenciado. El cierre de micrófonos y la descalificación pública se convirtieron en su sello distintivo, una afrenta directa a la libertad de prensa. Recordar aquella frase —«vos sos un simple periodista»— es observar el momento exacto en que la investidura pública se resquebrajó por el exceso de soberbia. Adorni no hablaba para informar; hablaba para humillar, olvidando que, como diría George Orwell, «periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques; todo lo demás son relaciones públicas».

​​A este escenario de desconfianza se suma la opacidad patrimonial del exfuncionario, quien ha protagonizado un vertiginoso salto económico que no ha logrado justificar ante la justicia. Mientras era investigado por el fiscal Gerardo Pollicita por presunto enriquecimiento ilícito, Adorni intentó explicar un aumento patrimonial superior al 400% real —que incluye propiedades en un country y en Caballito— apelando a versiones inverosímiles sobre inversiones en criptomonedas y ahorros previos no declarados, escudándose incluso en un polémico régimen de «inocencia fiscal» para evitar las consecuencias de haber ocultado activos al fisco. A esto se añadieron denuncias por gastos exorbitantes, como la adquisición de equipamiento gamer de alta gama cargado a tarjetas de colaboradores, que terminaron de configurar el perfil de un funcionario que, lejos de la austeridad prometida, construyó una vida nueva a costa de una gestión marcada por el uso indebido de los recursos públicos.

​El gobierno nacional, en un intento tardío por evitar que «la sangre llegara al río», comprendió que el costo político de su vocero superaba cualquier beneficio de su agresividad mediática. La gestión de Adorni fue un ejercicio de desgaste constante para el propio Presidente. Cada vez que el vocero ninguneaba a un medio, cada vez que recurría a la ironía barata para ridiculizar críticas legítimas, el gobierno perdía capital político. En lugar de construir consensos, levantaron muros. En lugar de explicar políticas públicas, se dedicaron a la batalla cultural de trinchera, una táctica que funciona para los seguidores leales pero que es corrosiva para la gobernabilidad a largo plazo.

​Su estilo, caracterizado por una dependencia casi obsesiva de su pen drive —ese fetiche de datos sueltos que usaba como escudo para evadir la profundidad de los problemas—, terminó siendo el símbolo de su gestión: una forma sin fondo. El funcionario prefirió el clip viral en redes sociales por encima de la respuesta institucional. Esta «tiktokización» de la política oficial no solo degradó el debate público, sino que dejó al gobierno en una posición de vulnerabilidad, al intentar tapar una realidad económica y social compleja con frases efectistas y gestos de desdén.

Jamás la desgarradora sentencia «no llores por mí, Argentina» se sintió tan inquietantemente vigente como en este presente de degradación institucional. La transición del escándalo de Insaurralde —símbolo de una ostentación que desafiaba toda lógica moral— al caso de Adorni, representa un círculo vicioso donde la ética pública se desintegra ante el cinismo del poder. Si estas son, efectivamente, las únicas opciones que el tablero político ofrece a los argentinos, el diagnóstico es alarmante: no estamos simplemente ante una sucesión de hechos de corrupción, sino ante la consolidación de un sistema que se retroalimenta del vacío de valores. La política se ha transformado en un juego de espejos donde, sin importar el color partidario, la ciudadanía queda atrapada en el mismo callejón sin salida, obligada a elegir entre distintos matices de una misma decadencia que compromete el futuro de la nación.

​El desgaste fue absoluto. El gobierno, al permitir que el vocero se convirtiera en el protagonista del conflicto diario, perdió la posibilidad de instalar una narrativa constructiva. Adorni fue el pararrayos que, en lugar de dispersar la tormenta, atrajo cada uno de los rayos hacia la Casa Rosada. La prudencia es, decía Maquiavelo en El Príncipe, una virtud cardinal en el ejercicio del poder, y Adorni fue el ejemplo vivo de su carencia: un hombre que, al confundir el atril con un campo de batalla, olvidó que las palabras, cuando se disparan sin criterio, terminan siendo las balas que impactan en el propio emisor.

​Se marcha el vocero, pero el daño en la credibilidad del proyecto oficial es ya un terreno difícil de recuperar. La política, al final del día, es el arte de convivir con la diferencia, no de extirparla bajo el disfraz de una superioridad que se desmorona ante la evidencia de los escándalos de corrupción. Adorni no se va por falta de lealtad, sino por exceso de ruido y por la imposibilidad de sostener una fachada de integridad que ya no convence a nadie. Se retira dejando una lección que los futuros estrategas deberían grabar a fuego: la prepotencia puede ganar una mañana de titulares, pero la honestidad es la única que sostiene una gestión a través de los años.

​La historia juzgará esta gestión no por los ataques que el vocero logró orquestar desde su micrófono, sino por el vacío de soluciones que esos mismos ataques pretendían ocultar. Adorni no es el fin de una era, es el recordatorio de que, en la Argentina, quienes se creen dueños de la verdad terminan siendo, irremediablemente, prisioneros de sus propias ficciones. Se va el hombre, queda el estrépito; y al final, el poder descubre que no basta con prometer el fin de la casta si, en el camino, se termina consolidando una nueva forma de ella. Hasta el próximo pen drive.

 

Por: Dr. César Jofré

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